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viernes, 31 de diciembre de 2021

Pinceladas Históricas: La tumba de Publio Cornelio Escipión.

A lo largo de la Vía Apia y a muy poca distancia de la Porta San Sebastiano -una de las más grandes y mejor conservadas, que antiguamente recibía el nombre de Porta Appia- se encuentra la Tumba de los Escipiones, el lugar de enterramiento habitual de esta familia entre el siglo III a. C y el siglo I de nuestra Era. El mausoleo fue construido en tiempos de Lucio Cornelio Escipión Barbato, que llegó a ser cónsul en el año 298 a. C. y tuvo un papel significativo en la Tercera Guerra Samnita (298 - 290 a. C.) y en él se encontraron los restos de algunas figuras destacadas de esta familia, como los del propio Escipión Barbato, Publio Cornelio Escipión -hijo de el Africano- o Paula Cornelia -esposa de Cneo Cornelio Escipión Hispalo-, entre otros.

Entrada al Mausoleo de los Escipiones en Roma. 
Sin embargo, Publio Cornelio Escipión -el Africano-, el miembro más destacado de esta poderosa familia, no fue enterrado allí, sino que sus restos encontraron reposo en el sur de Italia, en la pequeña colonia de Liternum.
Escipión, el vencedor de Aníbal, aquel invencible enemigo que estuvo a punto de derrotar a la República, acabó sus días desterrado en el sur de Italia, lejos de la vida pública. ¿Cómo fue posible?

Publio Cornelio Escipión nació en Roma el 20 de junio del año 236 a. C. y lo hizo en el seno de la gens Cornelia, una de las ramas familiares más importantes y antiguas de Roma. Por ello recibió una exquisita educación y estaba destinado a ocupar las más altas magistraturas de la República. Participó en su primera acción bélica a los dieciséis años, en la derrota romana en Tesino, en 218 a. C. y dos años más tarde estuvo presente en una de las derrotas más dolorosas de la larga historia de Roma, la de Cannas, el 2 de agosto de 216 a. C. en la que la República perdió más de 50.000 hombres. 
En 212 fue elegido edil curul, sin tener la edad para ello y, en 210 llegó a Hispania, donde había encontrado la muerte su padre y su tío, para combatir a las tropas cartaginesas. Desembarcó con unos 10.000 infantes y 1.000 jinetes y pasó el invierno en Tarraco reorganizando los restos del ejército romano en la península. Al año siguiente lanzó un osado ataque contra la mayor base cartaginesa, Cartago Nova, que logró conquistar al tiempo que estableció una red de importantes alianzas con los pueblos nativos. La suerte de la guerra en Hispania había cambiado y culminaría con la derrota y expulsión de todos los ejércitos cartagineses.
El siguiente objetivo de Escipión era llevar la guerra a África, a la propia Cartago, para obligar a Aníbal a abandonar Italia.
 
Grabado de la Batalla de Zama.
Tras la victoria en Zama frente a las tropas de Aníbal, el 19 de octubre del 202 a. C., la popularidad de Escipión alcanzó su punto álgido. Su retorno a Roma fue apoteósico, recibiendo grandes aclamaciones por cada pueblo y ciudad por donde pasaba la comitiva. Ya en la ciudad se celebró un gran triunfo por la victoria sobre Cartago, en el que participó el pueblo en masa. Paralelamente logró los nombramientos más elevados que e podían alcanzar: el de censor en 199 a. C. y el de princeps senatus, el primer senador de Roma, que abría los debates y orientaba el sentir de la curia, que ostentaría entre los años 199 y 184 a. C.
Fueron años en los que la facción de los afines a Escipión gozó de un mayor poder, accediendo de forma recurrente a las más altas magistraturas. El propio general Publio repitió consulado en 194 a. C.
Su prestigio entre el pueblo era tal, que algunos de sus rivales políticos temieron que alcanzase un excesivo poder llegando a quebrantar el orden republicano para convertirse en una suerte de rey, por lo que las campañas para desprestigiarlo se incrementaron. Y encontraron una buena oportunidad tras la guerra contra el rey persa Antíoco III.
Antíoco III el Grande estaba llevando a cabo una estrategia agresiva, de expansión de sus dominios, y contaba con el asesoramiento de un viejo enemigo de Roma: Aníbal, por lo que tarde o temprano  y ello ocurrió en el año 190 a. C. El mando del ejército romano correspondió a Lucio Cornelio Escipión, mientras que Publio marchó como legado. La guerra culminó con  la gran victoria para romana en la batalla de Magnesia, librada en diciembre de 190 a. C. El rey persa, que tenía a Aníbal como asesor militar, contó para la batalla con unos 50.000 efectivos, entre los que había 13.000 jinetes, de los que unos 6.000 eran caballería pesada -catafractos-, y también 54 elefantes. Mientras, el contingente romano, que estaba comandado por Lucio puesto que Publio estaba enfermo, contaba con unos 35. 000 hombres, entre los que había 4.200 jinetes  y 16 elefantes.
A pesar de que la guerra se saldó con una rotunda victoria para la República y que se logró una paz muy ventajosa, se dieron dos circunstancias que ensombrecieron el destino de Escipión. La primera de ellas fue que durante la contienda su hijo fue hecho prisionero y posteriormente puesto en libertad, con lo que sus enemigos sembraron la sospecha de que se había llegado a algún tipo de acuerdo con Antíoco. Y, la segunda, fue la acusación a Lucio y a otros altos mandos del ejército de haber recibido importantes cantidades de oro por rebajar las condiciones de paz.
Ara de Escipión en Liternum.
A finales del año 185 a. C. los enemigos políticos de Escipión decidieron que había llegado el momento de actuar contra él y fue acusado de alta traición y de colusión con Antíoco, a través de pactos secretos contrarios a los intereses de la República. Escipión acudió a la asamblea durante dos jornadas para defenderse de las acusaciones y, después, abandonó Roma para instalarse en su villa de Liternum. Los acusadores deseaban continuar con el proceso, pero intercedió Tiberio Sempronio Graco, tribuno de la plebe y el juicio no llegó a celebrarse, pasando Escipión los últimos días de su vida en el exilio.     

Escipión jamás volvió a Roma y se refugió en su villa de Liternum, cerca de Nápoles. Se trataba de un pequeño asentamiento fundado en el año 194 a. C., junto a otros como Puteoli y Volturnum, como colonia marítima, donde se instalaron unos trescientos veteranos de la Segunda Guerra Púnica.
Allí, alejado de la gloria y de la vida social de la metrópoli, se supone que escribió sus memorias hoy perdidas y falleció el 3 de diciembre del año 183 a. C.  
Según el escritor Valerio Máximo, en la tumba de Escipión se grabó el siguiente epitafio:
<<Patria ingrata, ni siquiera posees mis huesos>>. 

Reproducción del Foro de Liternum.
El sitio arqueológico de Liternum hoy se puede visitar y está compuesto por siete elementos fundamentales: El Foro, la Basílica, el Capitolio, el Teatro, las Tabernas, la Tumba de Escipión y la Via Domitiana. El Foro, como en cualquier asentamiento romano, constituye el centro de la vida pública. Tenía forma rectangular con orientación norte-sur y estaba rodeado casi en su totalidad por un pórtico encolumnado, hacia donde convergían los edificios más singulares de la colonia.  
La Basílica era el tribunal donde los magistrados de la colonia administraban justicia y estaba ubicada al sur-oeste del Foro. El Capitolio era el templo mayor de la colonia y estaba dedicado al Trío Capitolino: Júpiter, Juno, Minerva.
El Teatro fue construido en época imperial, tenía un diámetro de cuarenta metros y una capacidad para mil espectadores. Las Tabernas (tiendas y negocios) se abrían a ambos lados del Foro y, como en cualquier ciudad romana, representaban un aspecto fundamental para la subsistencia de la colonia. Entre ellos encontrábamos a los coactilares -trabajadores de la lana-, fullones -lavanderos-, pistores-molineros-, pomarii -verduleros-, etc... 
La Tumba de Escipión es el único monumento del Foro que está preservado en buenas condiciones. Hecho de piedra volcánica, el pequeño monumento constituye una suerte de cenotafio dedicada al gran militar romano. 
La Vía Domitiana atraviesa el Foro de Liternum de norte a sur. El nombre lo toma del emperador Domiciano. La vía mejoró las comunicaciones entre el puerto de Puteoli y el resto del imperio. Permaneció funcional hasta su destrucción por las huestes de Alarico en el año 420, siendo reconstruida en el siglo XVI por el Reino de Nápoles.
Plano del sitio arqueológico de Liternum.
Si desean profundizar sobre el personaje y el contexto histórico les recomendamos la siguiente bibliografía:

Título: Escipión y Aníbal.
Autor: Giovanni Brizzi.
Editorial: Ariel.
Formato: Tapa blanda.
Lugar y año de edición: Madrid, 2009.
Género: Ensayo / Historia.
Páginas: 400
ISBN: 978-84-344-8838-0
PVP: 28,85€



Título: Trilogía Africanus. Africanus el hijo del cónsul; Las legiones malditas: La traición de Roma.
Autor: Santiago Posteguillo.
Editorial: Ediciones B.
Formato: Tapa blanda.
Lugar y año de edición: Barcelona, 2021. 
Género: Novela histórica.
Páginas: 2456
ISBN: 978-84-1314-306-4 
PVP: 31,59€.


Esperamos que el artículo les haya resultado de interés.
 


miércoles, 12 de agosto de 2020

Pinceladas históricas: La desaparición de la Novena Legión.

Dejamos el año 1589 y a la Contra Armada inglesa de Francis Drake para retroceder algunos siglos y volver a la Antigua Roma, a un misterio que llegó a convertirse en leyenda y sobre el que los historiadores aún hoy no se ponen de acuerdo: la desaparición de la Novena Legión.

Posiblemente el emblema fuese un toro.
Cuando hablamos de Novena Legión nos referimos a la Legio IX Hispana (en las inscripciones conservadas es más común el uso de la grafía VIIII, y ambas son correctas), una legión que se hizo muy popular, especialmente en Reino Unido, por la novela de Rosemary Sutcliff "The Eagle of the Nith" (El Águila de la Novena). El libro fue publicado en 1954 y narra la historia de Mario Flavio Aquila, que partió más allá del Muro de Adriano en busca del águila perdida de la Novena Legión, en la que había servido su padre.
Para encontrar los orígenes de la IX Legión debemos remontarnos en torno al año 60 a. C., cuando fue reclutada para defender la provincia de la Galia Narbonense (sureste de la Galia) de la invasión de los alóbroges, una tribu celta vecina.
A partir de aquí, la legión tuvo una vida larga y azarosa, participando en muchas de las batallas más importantes de su tiempo, cosechando victorias y derrotas. Así, la IX estuvo bajo el mando de Julio César durante la guerra de las Galias (58-51 a. C.), como también en la posterior guerra civil de la República (49-45 a. C.), luchando contra las legiones de Pompeyo en las batallas de Dirraquio y Farsalia. Tras la victoria del bando Cesariano, la legión fue licenciada, pero poco después Octavio la volvió a alistar para hacer frente a la insurrección de Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo el Grande).
Cuando estalló la guerra civil entre Marco Antonio y Octavio, la IX Legión se integró dentro del ejército del futuro emperador, participando en una batalla decisiva, la de Actium, librada el 2 de septiembre del año 31 a. C y que supuso una rotunda victoria para Octavio.
Tras siete años de enconada lucha, el jefe galo Vercingetorix entrega sus armas y se rinde a Julio César
(por el pintor francés Lionel Noel Roger, 1899).
Las guerras Cántabras, desarrolladas entre los años 29 y 19 a.C., supondrán una dura prueba para las legiones. Hasta un total de ocho de ellas serán empleadas para doblegar la resistencia de cántabros y astures, entre las que se encuentra la IX Legión. El propio emperador Augusto se hará cargo de las operaciones durante los primeros años, trasladando la corte de Roma a Tarraco. La IX Legión se destacó en el frente cántabro y fue por ello que a partir de entonces recibió el sobrenombre de Hispana.
En el año 43, el emperador Claudio necesitaba afianzar su poder en la corte, y para ello el mejor camino era una victoriosa campaña militar. El objetivo del emperador era Britania y para ello reunió un ejército de cuatro legiones y tropas auxiliares (IX Hispana, II Augusta, XIV Gemina y XX Valeria Victrix) que puso bajo el mando de Aulo Plaucio, un competente militar.
En el año 60, Boudica, la reina de la tribu de los icenos, inició una rebelión que hizo peligrar el dominio romano de la isla. El legado de la IX Legión, Quinto Petilio Cerial, marchó con cuatro cohortes y tropas auxiliares a socorrer el asentamiento de Camulodonum (actual Colchester, a unos 90 kilómetros de Londres), pero sus tropas fueron emboscadas por las tribus rebeldes y las cohortes exterminadas. Petilio Cerial logró escapar junto con gran parte de su caballería, pero la IX Legión perdió aquella jornada un tercio de sus efectivos.
Más tarde, con la legión ya reforzada y la rebelión derrotada, la IX Hispana fue enviada al norte, a Ebaracum (actual York) y posteriormente aún más al norte, a Carlise, donde permanecería hasta su desaparición.
Fragmento de una inscripción que hace referencia a la VIIII Legión Hispana, datada en el 108 en Ebaracum
(York) y que se conserva en el Museo de Yorkshire.
Con respecto a la desaparición de la IX Legión Hispana, un gran número de historiadores sostiene que fue exterminada en combate y los grandes interrogantes se presentan a la hora de identificar el momento y el lugar en el que ocurrió. De entre las diversas hipótesis, una de las más sólidas es la que sostiene que la IX Legión Hispana desapareció en torno al año 122 en tierras de Caledonia (actual Escocia) a causa de una emboscada. Esta hipótesis, que pasamos a resumir a continuación, no está exenta de especulación:
En el año 122 el emperador Adriano viajó hasta la provincia de Britania y decidió la construcción de un muro defensivo, al igual que en otras fronteras del imperio. Debemos recordar que política del nuevo emperador difería mucho de la de su predecesor,Trajano, abandonando las grandes campañas de conquista y optando por una política defensiva. Ese mismo año, el emperador decidió que fueran licenciados los hombres de trece alas de caballería y treinta y siete cohortes auxiliares destacados en la provincia, tras servir los veinticinco años reglamentarios, lo que debilitaba provisionalmente al ejército de Britania.
También se decide enviar a la IX Hispana desde Ebaracum más al norte, hasta Carlise, para participar en la construcción del muro, siendo en ese momento la legión acantonada más al norte de todo el imperio.
Uno de los ochenta pequeños fortines que se encontraban a lo largo de los 117 kilómetros del Muro de Adriano,
junto con otros catorce grandes fuertes.
Las intenciones de los romanos no pasaron desapercibidas a las tribus caledonias que, de algún modo, lograron convencer al comandante de la IX para acudir más al norte (tal vez ofreciéndole el sometimiento de los caledonios, como había ocurrido en otras ocasiones, algo que agradaría al emperador) y hacia el norte marchó la legión junto con cuatro cohortes auxiliares y un ala de caballería, en total, unos siete mil quinientos hombres.
Las tribus caledonias habrían logrado reunir un contingente de más de treinta mil guerreros, similar al que movilizaron en el año 84 en la batalla del Monte Garupius, donde sufrieron una severa derrota ante la IX Legión, comandada entonces por Cneo Julio Agricola. Pero en esta ocasión, el resultado sería diferente y la legión junto con sus cohortes auxiliares fue aniquilada.
Otro aspecto en el que se fundamenta esta teoría es que a finales de ese año 122 la Legión VI Victrix abandonó con urgencia su base en el Bajo Rin para dirigirse a Britania e instalarse en York, presumiblemente para sustituir a la desaparecida IX Hispana.
Representación de la batalla del bosque de Teutoburgo en el año 9, en la que tres legiones romanas fueron emboscadas y aniquiladas por diversas tribus germanas comandadas por Arminio;
algo similar pudo haber ocurrido a la IX Hispana en el año 122 con las tribus caledonias.
Otras teorías parten de la base que la IX Hispana en algún momento fue transferida de Britania a otro escenario del Imperio. Se apoyan en dos inscripciones halladas en Holanda que situarían a la legión (o a parte de ella) en el Bajo Rin y también en la historia de dos personajes que sirvieron en IX y de los que se ha podido seguir su trayectoria después del año 122.
En Nimega, los epígrafes de la IX Hispana sitúan a, al menos parte de la unidad, en el Bajo Rin entre los años 104 y 120. Podría ser que algunas cohortes de la legión se acantonasen en esa zona para sustituir a las tropas que utilizó Trajano en su campaña contra los partos. Y cerca de allí, en Aquisgrán, hay un altar que fue inaugurado por el prefecto de campamento de la IX Legión, Lucio Latinio Macer. El altar prueba que una parte de la legión se encontraba allí, pero de haber sido la legión al completo lo más probable es que el legado o un tribuno fuesen los encargados de su inauguración.
Otra hipótesis sobre la supervivencia de la legión es la que tiene que ver con la carrera de dos tribunos laticlavios que sirvieron en ella. Se trata de Lucio Emilio Caro, que sirvió en torno al 119 y Lucio Norvio Crispino Marcialis Saturnino, en el 121, de los que sabemos que tuvieron unas largas carreras, mucho más allá del año 122, el de la supuesta destrucción de la unidad. Lo más probable es que Caro dejase la IX en el año 121, siendo sustituido por Saturnino, para emprender una exitosa carrera que le llevaría a ser cónsul y gobernador. La carrera de Saturnino, sin embargo, es un tanto peculiar, puesto que ésta se detuvo en seco tras el año 122 y tuvieron que transcurrir veinticinco años, para que en 147 el emperador Antonino Pío le otorgase el mando de una legión, la III Augusta, en África. ¿Por qué ese largo paréntesis de veinticinco años? ¿Sería tal vez por el desastre de la Hispana? ¿Escaparía del desastre Saturnino, como hiciera Petilio Cerialis durante la rebelión de Boudica, cayendo después en el ostracismo? Nos parece una interesante reflexión.

Por otro lado, si la legión continuaba en servicio después del año 122, ¿cuándo desapareció? Algunos autores son de la opinión que la legión fue aniquilada en Judea durante la Segunda Revuelta Judía, entre los años 132 y 135. Durante la revuelta, Roma tenía destacadas en Judea dos legiones, la X Fretensis y la VI Ferrata, que sufrieron graves pérdidas, pero no hay ninguna referencia conocida a la IX Hispana.
Otros autores sostienen que la desaparición de la legión tuvo lugar en una batalla contra los partos en Armenia, en el año 161, a comienzos del reinado de Marco Aurelio, pero parece más probable que se tratase de la XXII Deiotariana que de la IX Hispana.
Por último, también hay autores que son de la opinión que la legión no fue exterminada en combate, sino disuelta por haber cometido una grave indisciplina.
En cualquier caso, lo que es seguro es que en la relación de las legiones que se realizó durante los primeros años del reinado de Marco Aurelio, la IX Hispana ya no figuraba en ella.
¿Cuándo y cómo desapareció?, posiblemente nunca lo sabremos con certeza.

Esperamos que el artículo les haya resultado interesante y, si desean profundizar en este tema, les recomendamos la siguiente bibliografía:

Título: Legiones de Roma.
Autor: Stephen Dando-Collins.
Editorial: La Esfera de los Libros
Formato: Tapa dura.
Lugar y año de edición: 
Género: Historia.
Páginas: 640
ISBN: 978-84-9134-311-1
PVP: 23,94€



Título: La legión romana.
Autor: Begoña Fernández Rojo.
Editorial: Nowtilus.
Formato: Tapa blanda.
Lugar y año de edición: Barcelona, 2019.
Género: Historia.
Páginas: 304
ISBN: 978-84-1305-029-4
PVP: 15,34€



Título: El ejército romano
Autor: Yann Le Bohec.
Editorial: Ariel.
Formato: Tapa blanda
Lugar y año de edición: Madrid, 2013.
Género: Historia
Páginas: 416
ISBN: 978-84-344-1182-1
PVP: 22,02€

miércoles, 1 de julio de 2020

Pinceladas históricas: Los orígenes de Nueva York.

Esta semana viajamos hasta el continente americano para hablar sobre los orígenes de una de las ciudades más icónicas del mundo, la ciudad de Nueva York.
La isla de Manhattan en la actualidad.
Posiblemente, la imagen que muchos albergamos de Nueva York sea similar a la que aparece en la fotografía superior, la del Skyline de la isla de Manhattan, pero hoy vamos retroceder en el tiempo hasta los albores del siglo XVII, cuando la isla tenía un aspecto muy diferente.

Una vez que la Corona Española abrió a la navegación la vía del atlántico, otros países europeos se suman a la colonización de los nuevos territorios. Tras Portugal y Francia, serán Inglaterra, Holanda y Suecia los siguientes en establecerse en las costas americanas.
En 1613, una expedición holandesa remontó el río Hudson (denominado así por Henry Hudson, un explorador inglés que lo navegó en 1609) y un año más tarde se fundó Fort Orange, la actual Albany, capital del Estado de Nueva York. 
Estos pequeños asentamientos se dedicaban principalmente al comercio con los indígenas y en su conjunto recibieron el nombre de Nueva Holanda. En 1621 el proceso colonizador holandés recibe un impulso con la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, que obtuvo la exclusividad para la explotación de aquellas tierras, operando también en África Occidental y en el Océano Índico.


El mapa nos muestra el Valle del río Hudson hacia 1635, podemos apreciar ya el asentamiento de Nueva Amsterdam junto a muchos de los pueblos indígenas con quienes conviven los colonos holandeses.
En el centro de la bahía del Hudson se encontraba una isla que era conocida como Isla de la Nuez, por la abundancia de castaños y nogales y, en ella, se establecieron una docena de colonos. Este pequeño asentamiento se encuentraba a apenas un kilómetro de distancia de Manhattan, una isla alargada que bordea el curso del río. En 1626 los habitantes de Isla de la Nuez se trasladaron a Manhattan, que era un territorio más amplio, rico y propicio para la defensa.
La isla de Manhattan no estaba deshabitada y en ella convivían diversos pueblos, como los Manhatta, Metoac, Wappinger, Canarsie y los Rockaway, entre otros. La relación entre colonos e indígenas en ocasiones era cordial y en otras conflictiva, igual que ocurría con los pueblos nativos entre sí, que frecuentemente andaban guerreando y, durante estos años, tuvo especial relevancia la guerra entre Mohawcs y Mohicanos.
Plano de Nueva Amsterdam en el año 1660, podemos apreciar el Waal (futuroWall Street) en la parte Oriental y Fort Amsterdam dando protección a la vertiente occidental.
Los primeros colonos de Nueva Amsterdam serán unos trescientos individuos, una gran parte de los cuales eran jóvenes procedentes de familias pobres, pero pronto el asentamiento fue creciendo y se construyeron casas, molinos, huertos, espacios para el ganado y una iglesia. Una de las principales preocupaciones de sus habitantes era la de poder defenderse de los ataques de los indígenas y, para ello, se construyó un fuerte denominado Fort Amsterdam, así como un terraplén defensivo en la parte oriental del asentamiento, que recibió el nombre de Waal (y que da nombre a la actual Wall Street).

Pintura que representa el asentamiento de Nueva Amsterdam.
Pero a pesar de estos conflictos, el mayor riesgo para la joven colonia holandesa no resultaron ser los indios, sino otra potencia colonial, Inglaterra, que en 1664 envió una escuadra de 4 navíos y 450 hombres comandados por Richard Nicolls con la intención de ocupar Nueva Amsterdam. La flota partió del puerto de Portsmouth el 25 de mayo y arribó a Nueva Amsterdam el 27 de agosto.
En esa fecha, la ciudad contaba ya con unos 1500 habitantes, con Fuerte Amsterdam y otras instalaciones defensivas, pero ante la presión ejercida por los notables de la ciudad, el gobernador Stuyvesant rindió la plaza el 8 de septiembre.
A partir de entonces, el asentamiento tomó el nombre de Nueva York, en honor al duque de York, hermano del rey Carlos II.

Esperamos que el artículo les haya resultado de interés, y si desean conocer más sobre este tema, les recomendamos la siguiente bibliografía:
Título: Manhattan: La historia secreta de Nueva York.
Autor: Russell Shorto.
Editorial: Duomo Ediciones.
Formato: Tapa blanda.
Lugar y año de edición: Barcelona, 2011.
Género: Historia.
Páginas: 515
ISBN: 978-84-92723-68-3
PVP: 23,08€



Título: Nueva York
Autor: Edward Rutherfurd.
Editorial: Roca Editorial
Formato: Tapa dura (también disponible en edición de bolsillo).
Lugar y año de edición: Barcelona, 2010.
Género: Novela.
Páginas: 944
ISBN: 978-84-9918-185-1
PVP: 25,96€



Historia de National Geographic número 101. Páginas 18 a 21.